Participamos en la segunda edición del Maratón de la Biblia.
La competición rememora una de las primeras carreras mencionadas en la historia
de la Humanidad que aparece en la Biblia al comienzo del libro de Samuel.
No soy un lector habitual de la Biblia pero me llegan unas
líneas del libro de Samuel que me alertan. Sí; son alertas estúpidas,
relacionadas con el mundo del correr. Quién puede resistir a caer subyugado
ante esto: «Entonces un hombre de Benjamín corrió desde el lugar de la
batalla, en un mismo día, y llegó a Shiloh con sus ropas destrozadas».
Según la Biblia, ocurrió siete siglos antes de producirse el relato de
Filípides, en el que tantos corredores se miran y del que se toma esa distancia
y terminología llamada maratón.
De nuevo una historia sobre soldados que cumplen tareas de
correo. Gente cuya misión, una vez terminada la batalla, es la de correr a dar
la noticia a la ciudad. Un soldado de la tribu de Benjamín ha de reportar la
derrota sumarísima del ejército a manos de los filisteos. Y acudimos a conocer
un maratón, tres mil años después, que reproduce la ruta que siguió el soldado
desde Rosh HaAyin hasta la vieja ciudad de Shilo.
El interés cultural y periodístico de saber que las tribus
judías podrían estar venciendo por goleada al mito griego de Filípides nos pone
en marcha. Volaremos al espectacular aeropuerto central de Ben Gurion y
pasaremos unos días conociendo el Mediterráneo oriental, Tel Aviv y su
escenografía playera de aire californiano, y la vieja Jaffa, quizá el puerto
más antiguo del mundo y puerta de entrada a tierra firme desde el año 7.500
a.C.
Paseo, como, visito lugares y me empapo de ambas esferas,
árabe y judía, miro desde la orilla más lejana de ese mar que lo ha dado todo y
embalo mis cosas a las tres de la madrugada. Nos transferirán a una zona
suburbana que resulta familiar a ojos de cualquier habitante de países del sur.
En el recinto de salida somos bienvenidos y tratados como héroes incluso antes
de salir. Me huelo la tostada pero salimos en tropel y con toda la mañana por
delante.
Las reglas del juego
El especial carácter de la carrera (de las carreras, al
haber más de una distancia en un completo menú) se manifiesta acto seguido.
Tomamos una amplia autovía que asciende mirando hacia un cielo entre negro y
pálido. Siempre hacia el Este. Al fondo no vemos mucho salvo casas, taludes
elevados y un compacto programa de seguridad al que no estamos acostumbrados.
Más lejos está el mar Muerto, destino turístico habitual, la cordillera que nos
separa el desierto de Jordania y una lista interminable de nombres que nos
resultan familiares: Jericó, Judea, Nazaret o Samaria.
Ascendemos. Está claro que el soldado de Benjamín no se
encontró con un asfalto tan liso ni una iluminación así de espectacular. La
organización ha trazado la carrera por la ruta más posible y en uso en la
actualidad. Una autovía hace pereza por lomas de blanco calizo y la luz de las
primeras horas descubre las cartas escondidas en la manga de nuestros
anfitriones.
El ascenso por el duro territorio de Cisjordania dura casi
media carrera. Estamos en una región controlada desde la finalización de la
Guerra de los Seis Días, en 1967, por Israel aunque carece de estatus legal
definitivo acordado por la comunidad internacional. Muy breve descanso para que
levantemos la mirada. Pronto volveremos a fijarla en la puntera de nuestras
zapatillas. Cuevas, testigos de los caídos durante decenas de guerras y losas y
lápidas de esa eterna caliza nos harán mirar y tragar saliva.
Llega la nueva ciudad de Ariel. Subimos por avenidas que
forman meandros a lo largo de una ciudad que desayuna en casa. Es la festividad
del sukkot (la festividad del Tabernáculo) y creyentes de media humanidad se
dirigen a Jerusalén. Hay poca vida en las calles a las siete de la mañana. Así
que coronamos al fin lo que parece el final de la tortura. Llevamos 26
kilómetros y cruzamos un paso militarizado. Contamos con la suerte del viajero
y con la colaboración de las autoridades. Fusiles y ropas de camuflaje serán
únicamente unas pinceladas en este lienzo aunque la presencia de todo el
contingente de seguridad nos es extraña.
El mensaje del soldado
No podemos pasar de una observación limitada. Estamos
imitando en un falso viaje a los antiguos correos del pueblo judío. Nos piden
que llevemos un mensaje de vuelta a casa, tras este maratón. ¿Qué mensaje, sin
haber más que sudado? Vemos una tierra áspera y cegadora. A ella acuden pueblos
enteros cargados de fe y dispuestos a gastar hasta el último aliento. Y yo
quiero conservar parte de ese aliento para entender algo de una Tierra que es
Santa para medio mundo. Me quedan trece kilómetros y a mi vista solamente
aparecen cadenas montañosas.
Shiloh, núcleo trimilenario de las Doce Tribus de Israel,
recibió el recado de aquel agotado soldado. Para acceder en carrera al templo
hay que remontar una cuesta que zigzaguea hasta una explanada donde hoy
prepararon un arco de meta, banderas y la percusión de un grupo de tambores de
Samaria. Posteriormente habrá conciertos, juegos y presentaciones de ONG
dedicadas a niños con discapacidades. De nuevo relativizamos nuestro esfuerzo
maratoniano ante los siglos de problemas reales que han pasado por esa tierra.
Probablemente el Hombre de Benjamín bajó la cabeza y sació
la sed ante un coro de inquietos espectadores. Venía con las ropas deshechas.
Hoy combatimos desde la salida con la mejor equipación mientras ascendemos por
la carretera general que viene desde las aldeas de Nablus y Luban e-Sharqiya.
Son otras épocas. La seguridad de nuestros hogares no depende de una batalla.
Quedan seis kilómetros y quizá el sol sea un poco más duro con nosotros que en
otros días. Sencillamente, corremos entre pueblos que responden con el silencio
de siglos. Nos ven pasar y algunos aplauden. Muchas caras tostadas por el sol
miran igual que podrían mirar el paso de un rebaño de cabras.
Apenas nos separa ya de Shiloh una larga plataforma
inclinada de alquitrán. Está pintada con las líneas del orden moderno. En el
calor del último kilómetro es fácil preparar las palabras que el Hombre de
Benjamín retuvo y masculló durante todo su duro recorrido. «Hemos sido
derrotados. Han robado nuestra Arca». Pero tres mil años de Historia se
apiñan en la garganta justo al trotar en dos curvas postreras. La adrenalina
nos enmudece en esa última montaña.
Sólo recuperamos el presente cuando descansamos bajo grandes
techados en la meta. Las caras se relajan y las conversaciones entre locales de
impecable inglés y visitantes giran en torno a las posibilidades turísticas de
Jerusalén, Masada, Jericó, Belén o del Mar Rojo y sus aguas imposibles.
Como es imposible de abarcar, paseamos la preciosa paliza
corporal y la satisfacción de haber corrido un evento especial por tres
destinos fundamentales. Nuestro guía -totalmente recomendable ponerse en manos
de uno solvente- nos descubre el valle del Jordán y la frontera del desierto de
Judea, cayendo hasta el inolvidable bastión de Masada. Nos arroja a flotar
entre aguas salinas y barros curativos en el Mar Muerto. Y con él al mano
descubrimos lo imprescindible de la ciudad santa de las tres religiones del
libro único. No hay duda alguna que las piernas olvidan los kilómetros corridos
a la quinta escalinata. Que el cerebro relativiza lo sufrido en aquella cuesta
final cuando escucha y lee sobre crucifixiones y calvarios.
Jerusalén es un broche especial para la visita maratoniana y
merece varios días de estancia. Cada esquina y pasadizo están llenos de sonidos
y olores entre lejanos y familiares que nos explican todo lo que no se nos
contó mientras corríamos de Rosh HaAyin a Shiloh. La Ciudad Santa conserva la
banda sonora del pasado del cristianismo, el judaísmo y el islam. Se entiende
sobre una escenografía única en el mundo. Los blancos y negros de las ropas y
los colores de las tiendas de especias. Los panes de pita, el sésamo, las
cremas de verdura y los quesos de mil aldeas de pastores. Lo halal y lo kosher.
Monjas, rabinos, cánticos desde los minaretes, frente al Oriente Medio del
futuro, con adolescentes conectados, probablemente, entrecruzando las barreras
de la fe.
Maratón de la Biblia, la carrera más antigua de la humanidad
28/Nov/2017
Expansión, España, Por L. Arribas